La llegada a Guanajuato de los insurgentes

La toma de la ciudad de Guanajuato se vislumbraba como una empresa fácil, con base en la experiencia de la ocupación de los pueblos de Dolores, San Miguel o Celaya, que prácticamente habían caído sin combate alguno. Guerra de Independencia (5).

Llegada a Guanajuato .-

Ya enterados cabalmente de los funestos acontecimientos de Celaya, los notables y peninsulares que habitaban la ciudad de Guanajuato decidieron resistir a las numerosas huestes revolucionarias parapetados en el interior de la recién inaugurada alhóndiga.

El emplazamiento y las características  geográficas que presentaba Guanajuato la convertían en un objetivo militar de fácil ejecución. La ciudad había sido construida en una hondonada -rodeada de cerros- que facilitaban cualquier ataque desde las alturas. Militarmente, la ciudad de Guanajuato era una ciudad totalmente indefendible.

Exterior de la Alhóndiga de Granaditas a la llegada a Guanajuato
Exterior de la Alhóndiga de Granaditas a la llegada a Guanajuato

El intendente de Guanajuato,  Juan Antonio Riaño, había tomado la compleja decisión de resistir el ataque en la alhóndiga y no seguir la opinión de Diego Berzábal, comandante mayor de las fuerzas del rey. El militar sugería que se le hiciera frente a los insurrectos en campo abierto, mientras que el intendente, dado el impresionante número de atacantes, prefería que se produjera un asedio que alargara el desenlace de los acontecimientos permitiendo la posible llegada del ejército realista de Felix María Calleja.

Calleja, uno de los grandes militares -sino el mejor- que ha luchado en México, se encontraba en San Luis Potosí en el momento del estallido revolucionario. El 17 de septiembre de 1810, y apenas enterado de los sucesos de Dolores y San Miguel el Grande, salió de su hacienda de Bledos y se dirigió a la ciudad donde solicitó a los notables una importante colaboración económica y material para el levantamiento inmediato de un ejército profesional.

Comprendida la extrema  gravedad del caso, al ilustre militar se le proporcionó la considerable suma de $400,000 con la que apresuradamente se organizó una inicial fuerza militar de 4,000 hombres divididos en 3,000 jinetes y 1,000 infantes.

Desgraciadamente, y pese a la gran velocidad con la que se emprendió el levantamiento de un nuevo ejército realista junto con la importancia de construir una fuerza bien preparada, Calleja se vio imposibilitado de acudir en tiempo a responder el dramático pedido de auxilio del intendente Riaño.

Mientras tanto en la alhóndiga, bien parapetados, con grandes provisiones de comida, agua y a buen resguardo los bienes y caudales de las cajas reales y de los propios refugiados, más de 200 civiles y 370 soldados esperaban el curso de los acontecimientos y la llegada a Guanajuato de los insurgentes.

Interior de la Alhóndiga de Granaditas a la llegada a Guanajuato (actualmente).
Interior de la Alhóndiga de Granaditas a la llegada a Guanajuato (actualmente).

Mensaje de Hidalgo a la llegada a Guanajuato.-

El día 28 de septiembre, después de la llega a Guanajuato, el cura Hidalgo envió un mensaje al intendente Juan Antonio Riaño exigiendo la inmediata rendición de la plaza. La atemorizante solicitud comenzaba con un tono de ultimátum que no dejaba dudas de las negras intenciones de los insurrectos:

“Resuelvan los europeos si se declaran por enemigos o convienen en quedar en calidad de prisioneros” , y terminaba con una expresa y fulminante amenaza:

Si no accedieran a esta solicitud aplicaré todas las fuerzas y ardides para destruirlos, sin que les quede esperanza de cuartel.

Después de una rápida consulta a los civiles y soldados refugiados en la alhóndiga, se resolvió no ceder al terrible ultimátum. La respuesta de Juan Antonio Riaño fue clara:

“No reconozco otra autoridad que el excelentísimo señor virrey don Francisco Javier Venegas. Mi deber es pelear como soldado, y el mismo noble sentimiento anima a cuantos me rodean”.

A continuación los insurgentes comenzaron a bajar de los cerros circundantes para iniciar el brutal ataque a la alhóndiga. Para ese momento las fuerzas rebeldes ya sumaban alrededor de 100,000 elementos. Los trabajadores de las ricas minas y gente común del pueblo habían engrosado considerablemente al “ejército” insurgente.

 

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