La toma de Guanajuato por los insurgentes

En la toma de Guanajuato, la muy significativa y brutal desproporción entre atacantes y defensores, sólo podría generar un terrible desenlace. Guerra de Independencia (6)

Poco después del mediodía del 28 de septiembre de 1810, las huestes revolucionarias iniciaron la toma de Guanajuato con el ataque a la Alhóndiga de Granaditas.

La Alhóndiga de Granaditas -tal y como se le conoce- era un espléndido edificio de estilo neoclásico destinado al almacenamiento de granos y semillas. Lejos de ser una simple bodega, la imponente y fuerte edificación contaba con elementos arquitectónicos (columnas dóricas, bóvedas, patios y escaleras,etc), dignos de cualquier otro edificio público y se había convertido en el emblema de la dinastía de los Borbones en el Bajío y en general de la Nueva España.

Alhóndiga de Granaditas
Alhóndiga de Granaditas. Toma de Guanajuato

Su construcción fue encargada por el propio intendente de Guanajuato don Juan Antonio Riaño y fue inaugurada el 23 de septiembre de 1809, un año antes de convertirse en un horripilante escenario de muerte y destrucción.

Atrincherados, parapetados, sitiados y dispuestos para la lucha, se encontraban en su interior alrededor de 370 soldados y poco más de 200 civiles. No más de 400 elementos útiles para la defensa contra 100,000 sublevados. La aberrante desproporción de la batalla sólo podría traer una única consecuencia: la total destrucción y muerte de los refugiados.

Comienzo de las hostilidades.-

El ataque comenzó con una imponente lluvia de piedras lanzadas por los honderos y algunos disparos de fusil. Uno de ellos y justo al inicio de las hostilidades mató de manera fulminante al distinguido intendente de Guanajuato don Juan Antonio Riaño.

Algunos defensores, observando el imponente número de atacantes, propusieron la rendición inmediata del edificio, pero don Diego Berzábal, sabiendo de antemano que no se podía esperar piedad de esa muchedumbre descontrolada, ordenó continuar la defensa. El mayor realista Berzábal había tomado el mando tras la muerte del intendente Riaño.

Tremenda y desesperada batalla entre insurgentes y refugiados. Disparos y barrenas pretendían abrir pequeñas entradas en las duras paredes de la alhóndiga pero la hábil defensa impedía tales acciones.

El cura Hidalgo, conociendo la imperante urgencia de penetrar el edificio, solicitó voluntarios que se acercasen al mismo con el fin de incendiar su puerta principal.

El Pípila .-

Es en este momento que nace la curiosa leyenda de “El Pípila”.  Se dice que un barretero, de nombre Juan José de los Reyes Martínez, se colocó una loza de piedra en la espalda con el fin de protegerse de los disparos de los defensores y así poder acercarse a la puerta principal de la Alhóndiga y prenderle fuego.

El Pípila héroe de la toma de Guanajuato
El Pípila héroe de la toma de Guanajuato.

En todo caso, sea cierta la leyenda o no, la enorme puerta ardió y permitió el paso de los asaltantes que de inmediato se entregaron a una lucha cuerpo a cuerpo con los refugiados.

Los defensores primero recibieron a los insurgentes a tiro de fusil y luego desenvainando sus espadas cargaron contra ellos. La lucha fue feroz y despiadada. Algunos testigos narran que enormes cantidades de sangre corría por pisos y escaleras por igual.

Desenlace de la batalla.-

Aproximadamente a las 5 de la tarde la batalla terminó. Finalmente, los defensores fueron superados en número y la matanza y la rapiña comenzó. Hombres, mujeres, ancianos y niños, sin ninguna distinción, fueron acuchillados, ahorcados o asesinados a garrotazos sin piedad alguna. Una penosa, desquiciada, descontrolada y vergonzosa matanza que dio paso a un inevitable saqueo y búsqueda de botín.

Pronto una multitud de indios se dedicó al robo de los caudales, joyas y bienes de la corona asegurados en la alhóndiga. Cada asaltante tomaba alguna pieza del inmenso tesoro y huía rápidamente olvidándose de inmediato del movimiento. Todos ellos dejaban al descubierto las obvias y verdaderas razones de su participación en la rebelión: saqueo de bienes y riquezas.

Tras el saqueo de la alhóndiga la multitud enardecida se entregó a la rapiña en toda la ciudad. Tiendas y casas de españoles fueron impunemente asaltadas y destruidas. No existía alguna autoridad que pudiera poner freno a la locura. Hidalgo, por fin, emitió un decreto -hasta la mañana del 29 de septiembre- que prohibía, so pena de muerte, el saqueo. Demasiado tarde, ya no había nada que robar. Según testigos presenciales, en la noche anterior, las escenas dantescas de incendios, destrucción y del populacho primitivo, borracho y exhibiendo sus nuevos atuendos y riquezas eran francamente deprimentes.

Mientras tanto más de dos mil cadáveres, entre insurrectos y civiles, se hacinaban en los alrededores de la alhóndiga.

Tiempo después, y poco antes de su fusilamiento, el mismo Hidalgo se horrorizaría de los hechos, destrucción y matanza en Guanajuato. Su propia cabeza colgaría durante casi diez años de una de las esquinas del histórico edificio.

 

 

Anterior: Llegada a Guanajuato.

Siguiente: La leyenda del Pípila de Guanajuato

 

(6)