La entrada de los insurgentes a la ciudad de Valladolid

La toma de la ciudad de Valladolid del 17 de octubre de 1810 presentaba, entre otros, dos claros objetivos: quedar más cerca de la capital y al mismo tiempo rehuir el combate con los dos poderosos ejércitos realistas que iban al encuentro de los insurrectos. Guerra de Independencia (8)

El 10 de octubre, después de los terribles saqueos y matanzas acaecidas en la ciudad de Guanajuato, las fuerzas revolucionarias tomaron rumbo a la ciudad de Valladolid (hoy Morelia, Michoacán). Tres días antes, el 7 de octubre, la ciudad de Zacatecas había caído en manos de los rebeldes.

Mientras tanto, dos fuertes ejércitos estaban casi listos y en camino a enfrentar a los insurgentes: el comandado por Felix María Calleja desde San Luis Potosí y el de Manuel Flon desde Querétaro. Los jefes del movimiento sabían que había que evitarlos a toda costa.

Ignacio Allende
Ignacio Allende en la ciudad de Valladolid

La excomunión de Hidalgo.-

La ciudad de Valladolid había quedado desierta de autoridades civiles y eclesiásticas. Las primeras porque se encontraban en la capital de la Nueva España y los segundos porque optaron por la huida no sin antes lanzar la excomunión hacia todos los jefes de la rebelión.

Rápidamente y poco antes de su huida, el obispo electo de Valladolid, Manuel Abad y Queipo, antiguo amigo del cura Hidalgo, ordenó que la resolución de excomunión fuera inscrita en tablillas expuestas en la puerta de la catedral. Por su parte, el 13 de octubre del mismo año, la Santa Inquisición lanza un edicto en donde emplaza a Miguel Hidalgo a comparecer ante sus tribunales por los cargos de herejía y apostasía, entre otros más. No era la primera vez que el cura de Dolores tenía problemas con la obscura institución.

Entrada a Valladolid.-

La pacífica entrada a la ciudad se convirtió en una fiesta y desfile triunfal. Eran las once de la mañana del miércoles 17 de octubre de 1810. Los pobladores recibieron a los “conquistadores” con música, adornos y grandes vítores. Nadie, en su sano juicio, hubiera querido que se repitiera la recién y funesta historia de Guanajuato.

El día siguiente, en la catedral de la ciudad de Valladolid, se celebró un tedeum en honor a Hidalgo  y los insurgentes. Días antes, por comprensible temor, el encargado y gobernador de la mitra, el conde de Sierra Gorda, Mariano Escandón y Llera había retirado la excomunión junto con las tablillas que lo señalaban.

Miguel Hidalgo, que definitivamente había perdido el piso, no se dignó participar de la ceremonia y en cambio, sentado en un rico sillón, se dedicó a recibir el saludo y respeto de todos los notables de la población.

Se repite la rapiña y el saqueo.-

Por desgracia y pese a las garantías ofrecidas por los jefes rebeldes, apenas finalizado el tedeum, la chusma sedienta de sangre y tesoros volvió a entregarse a la rapiña y el saqueo.

Tan difícil fue contener a esa turba de oportunistas que hubo necesidad de ametrallar a los asaltantes y por la fuerza hacer valer la prohibición de rapiña. El “ejército” de Hidalgo era todo menos un verdadero ejército. Sólo era una “masa de pueblo movida por un poderoso aunque bastardo interés”, nos señala el brillante político e historiador don Lucas Alamán.

Se cuenta que un ex sargento realista, Manuel Gallegos, comentó que si él hubiera conocido de  antemano el tipo de ejército insurgente que acompañaba a Hidalgo, sólo le hubiera bastado una fuerza de 1,000 soldados profesionales para aniquilarlos.

Hidalgo, ciego ante las evidencias y contrario a la opinión de verdaderos jefes militares, como lo eran Allende y Aldama, continuaba con la necia idea de que la sola superioridad numérica le daría la victoria. Al parecer ignoraba por completo la diferencia entre enfrentar una ciudad indefensa y combatir contra un verdadero ejército. No tardaría mucho en comprender su terrible y arrogante error.

La abolición de la esclavitud.-

En cambio, en materia política, el cura comienza a ejecutar nuevas reformas. Algunas tan importantes como la del 19 de octubre, donde el recién nombrado intendente de la ciudad, José María de Anzorena, expide -por instrucción directa de Miguel Hidalgo- un bando en el que se da a conocer la abolición de la esclavitud y de los tributos:

“a todos los propietarios de esclavos y esclavas los pongan en libertad, otorgándoles las necesarias escrituras de atalahorria, con las inserciones acostumbradas, para que puedan tratar y contratar, comparecer en juicio, otorgar testamentos, codicilos y ejecutar las demás cosas que ejecutan y hacen las personas libres, y no lo haciendo [sic] así, los citados dueños de esclavos y esclavas sufrirán irremisiblemente la pena capital, [así como la] confiscación de todos sus bienes”.

Al día siguiente las fuerzas insurgentes abandonan la ciudad de Valladolid por la ruta de Acámbaro en donde la junta local nombra a Miguel Hidalgo “Generalísimo de las Américas” y “Alteza Serenísima”.

El sábado 20 de octubre, en Indaparapeo, el ahora “Generalísimo” se entrevista con su querido amigo y discípulo José María Morelos y Pavón a quien le confía la tarea de insurreccionar el sur como su lugarteniente.

 

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