Los excesos de Hidalgo en Guadalajara

Los excesos y barbaries cometidas bajo las órdenes de Miguel Hidalgo, mientras estuvo en la ciudad de Guadalajara, opacaron a los aquellos cometidos en San Miguel, Celaya, Valladolid o Guanajuato  (15).

Hacia finales de 1810, el cura Hidalgo se encontraba fuera de sí, poseído de poder y sospecha, entregándose a una serie de reprobables y criminales excesos.

Miguel Hidalgo había llegado a la ciudad de Guadalajara el 26 de noviembre de 1810, donde, con grandes festejos y ceremonias fue recibido como gran “Generalísimo de América”. Nuevamente como en meses anteriores, el jefe insurrecto con gran satisfacción y sentado en una especie de trono afuera del Palacio de Gobierno, fue adulado y saludado -voluntaria e involuntariamente- por los notables de la ciudad que, al dirigirse a su persona, lo hacían con el rimbombante título de “Su Alteza Serenísima”.

La toma de Guadalajara.-

La gran ciudad de Guadalajara apenas había caído en manos de los insurgentes el 13 de noviembre de ese mismo año. Los rebeldes eran comandados por un antiguo ranchero de buena posición y al que apodaban “el Amo Torres”, quien había sublevado la ciudad desde el inicio de la revolución independentista a petición del mismo Hidalgo.

José Antonio Torres, recién recibida la importante consigna, levantó un ejército de indios con los que atacó a la ciudad de Guadalajara. En un lugar llamado Zacoalco, enfrentó y derrotó a una fuerza de 300 soldados realistas. Días más tarde, la ciudad sería entregada a Miguel Hidalgo como muestra de reconocimiento al jefe máximo del movimiento.

Pero poco tiempo duró el cura en Guadalajara sin cometer tropelías e injusticias.

Hacia el 12 de diciembre de 1810, el cura ordenó que en pequeños grupos, 700 españoles presos fueran pasados a cuchillo. Una simple sospecha de conspiración motivó que ésta matanza se realizara. Varios días duró la barbarie. Cada noche cerca de 50 peninsulares completamente indefensos e inocentes eran asesinados sin juicio alguno.

Allende, que ya se había sumado de nuevo a las fuerzas insurgentes y que irremediablemente había aceptado otra vez a Hidalgo como líder de la insurrección, trató junto con Abasolo de frenar la absurda masacre, pero el cura incontrolable, prosiguió con los asesinatos hasta que no quedó un sólo preso en pié.

Hasta la última y terrible matanza de inocentes en Valladolid había quedado empequeñecida.

Miguel Hidalgo
Los excesos de Miguel Hidalgo.

Hidalgo se arrepiente.-

Meses más tarde, en el juicio al que fue sometido tras su detención, un arrepentido Miguel Hidalgo declaraba ser el responsable de tales crímenes. Confesó que a las víctimas de sus excesos no se les formó juicio alguno ya que él mismo sabía que eran inocentes y no había nada que imputarles.

En su celda, antes de su ejecución, el cura escribe y confiesa su arrepentimiento:

Veo la destrucción de ésta tierra, que he ocasionado, la ruina de los caudales, la sangre que con tanta profusión y temeridad se ha vertido, y lo que no puedo decir sin desfallecer: la multitud de almas que por seguirme estarán en los abismos.

Hay que señalar que éstas brutales acciones de las que Hidalgo se arrepiente no fueron casos aislados, por el contrario, fueron hechos recurrentes desde el inicio de la insurrección hasta el día de su  aprehensión por las fuerzas del virrey Francisco Javier Venegas.

No deja de ser curioso que todavía se considere al cura de Dolores como un gran hombre, un gran héroe y un gran prócer de la patria.

 

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