Toma de San Miguel el Grande (hoy de Allende)

Después de los acontecimientos de la madrugada del 16 de septiembre de 1810, el cura Hidalgo decide ir a San Miguel el Grande para continuar la revuelta. Guerra de Independencia (3)

En la mañana del 16 de septiembre un pequeño grupo revolucionario salió de el pueblo de Dolores con dirección a San Miguel el Grande. Algunos historiadores señalan que el contingente no rebasaba las 100 personas y algunos otros mencionan alrededor de 600. En todo caso, un número insignificante para iniciar una revuelta contra el gobierno establecido.

En el transcurso del día la turba se fue engrosando poco a poco. Campesinos y trabajadores al enterarse de la revuelta se unían a la marcha. Se dice que el ánimo de independencia motivaba a los nuevos integrantes a sumarse al “ejército” de Hidalgo. Difícil entender como una muchedumbre inculta y que poco entendía de independencias pudiera albergar sentimientos “patrióticos”. Lo más probable es que no teniendo nada que perder, decidieran unirse al movimiento con la única intención de participar del saqueo que fácilmente se vislumbraba para las próximas horas. Y si eso fuera poco, la promesa de una remuneración económica bastaba para alentarlos a participar.

La imagen de la Virgen de Guadalupe.-

Durante el trayecto a San Miguel el Grande el contingente llegó a Atotonilco, donde el cura tuvo una brillante idea: tomar una imagen de la Virgen de Guadalupe como estandarte de la revuelta. Hidalgo sabía que una acción de esa naturaleza obraría en beneficio de la causa. Apelar al sentimiento religioso de la turba iletrada, nombrando a la Guadalupana como “capitana jurada de nuestras legiones”, resultó una atinada decisión.

Entrada a San Miguel el Grande.-

Poco antes del final del atardecer, la muchedumbre, al grito de “Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los gachupines” hizo su entrada a San Miguel el Grande. En la plaza se encontraban formados los soldados del Regimiento de la Reina al mando del militar Camuñez, quien al ver a la multitud, ordenó a sus hombres que abrieran fuego. Los soldados, que de inmediato reconocieron a Allende y Aldama como capitanes de su regimiento, en lugar de acatar la orden, estallaron en vítores en favor de los revolucionarios.

Finalizado el tan intenso momento todos se dirigieron al edificio del ayuntamiento, donde horas antes, los españoles residentes de San Miguel se habían refugiado y atrincherado en espera de los acontecimientos.

Parroquia de San Miguel
Parroquia de San Miguel el Grande (actualmente San Miguel de Allende)

Ante los clérigos notables del pueblo (el cura Francisco Uraga y el presbítero Elguera), Allende declaró y aseguró, que si los refugiados se entregaban con las armas de forma pacífica nada habría de pasarles ni en sus posesiones ni en sus personas. Los peninsulares aceptando la palabra de Allende se rindieron y como prisioneros aceptaron ser recluidos en el Colegio de San Francisco.

Saqueo de San Miguel el Grande.-

Repentinamente, y para gran sorpresa del capitán Ignacio Allende, la turba enardecida y descontrolada se entregó al saqueo de las tiendas y casas. El historiador Lucas Alamán menciona que desde un balcón el cura Miguel Hidalgo lanzaba monedas de oro y plata mientras gritaba: “¡Cojan, hijos, que todo es suyo!”.

Escultura de Ignacio Allende
Escultura de Ignacio Allende en San Miguel el Grande (actualmente San Miguel de Allende)

Este es el momento en que las grandes diferencias de carácter y sobriedad entre Hidalgo y Allende comienzan a manifestarse. El cura carecía de un programa que impidiera que los bajos instintos populares se materializaran. El ilustre capitán se encontraba en total desacuerdo con Hidalgo, sin saber que los saqueos, destrucción y baños de sangre que seguirían, empequeñecerían a los sucesos de San Miguel el Grande.

 

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