Día de muertos en México

La Muerte y el día de muertos

La muerte: el enigma eterno que nos acompaña en el día de muertos. Motivo de temor, tristeza o hasta regocijo, la muerte es principio y fin para todos, sin excepción. Es por ello que ha sido motivo de veneración en todas las culturas a lo largo de las eras.

En todo Mesoamérica se dedicaron rituales a la muerte, pero se tiene constancia de celebraciones en las etnias maya, mexica, purépecha y totonaca. Incluso, entre los aztecas, dependía de la forma de morir la manera en la que el alma seguía su camino al más allá.

La evangelización tras la Conquista fundió a lo largo de siglos tradiciones y creencias, haciendo una mezcla de rituales que no han perdido lo esencial: en México los muertos tienen un día para ellos y es cuando los vivos los honramos.

Día de muertos en la antigüedad

Según la mitología mexica, los muertos cruzaban los nueve infiernos del Mictlán. Así, tras una larga trayectoria de 4 años a través de las regiones infernales, los muertos al fin liberaban su alma, el tonalli, logrando descanso ante la presencia del señor y señora de la muerte, Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, regidores del inframundo.

Por esa razón, los familiares de los muertos hacían caminos y arcos con flores de vivos colores como el cempazúchitl y utilizaban el agradable aroma del copal. De esa manera les recordaban el camino a casa, además de colocar una ofrenda casera con los mejores alimentos y bebidas para que el difunto pudiera saciarse y soportar el hambre hasta el siguiente año.

La celebración del Día de Muertos

En todo México se colocan vistosos y coloridos altares en los que las ofrendas representan los cuatro elementos primordiales de la naturaleza: la tierra representada por los frutos; el viento, representado por el papel picado que se mueve con la brisa; el agua colocada en un recipiente para saciar la sed de las ánimas; y, finalmente, el fuego en velas y veladoras. Una vela por cada alma recordada, y una más por cada alma olvidada. No pueden faltar las calaveras de azúcar, el pan de muerto, los dulces de calabaza, pulque, mezcal o tequila, un plato con sal, así como una cruz que señala los cuatro puntos cardinales para que el alma se oriente en su camino de ida y de regreso.

Hacia el siglo XIX se consolidó la costumbre de adornar con flores y velas las tumbas en los cementerios, un día en el que la clase acomodada aprovechaba para estrenar ropajes negros y asistir con elegancia a la morada que algún día nos recibirá a nosotros.

Por la noche, los panteones son visitados por cientos de personas que elevan sus plegarias hacia sus seres queridos mientras infinidad de velas alumbran en tonos amarillos la penumbra. Llamas de esperanza, ese rasgo tan propio del ser humano.

En algunas ciudades se organizan festivales y certámenes culturales y artísticos: dibujo, fotografía o la elaboración del mejor pan de muerto. También se organizan concursos de disfraces, premiando al mejor disfraz de La Catrina, la representación más famosa de “Su Majestad La Muerte”, la creación más célebre del grabador mexicano José Guadalupe Posada.

Las celebraciones más conocidas

En el país y a nivel mundial son las de los pueblos del lago de Pátzcuaro, en Michoacán, y las de Mixquic, un pueblo en el sur de la ciudad de México, aunque también vale la pena visitar Janitzio o Tzintzuntzan, también en Michoacán, así como Ahuatepec en estado de México, Ocotepec en Morelos o Tempoal Jáltipan en Veracruz, entre otras.

Honremos a los que se han ido, porque bien dicen que “nadie más muerto que el olvidado”.