La Batalla de San Jerónimo Aculco

El 6 de noviembre los ejércitos realistas habían tomado posiciones en Arroyo Zarco mientras que los insurgentes ocupaban el paraje de San Jerónimo Aculco (11).

Después de la inexplicable retirada de la Ciudad de México, el ejército insurgente se dirigió hacia la ciudad de Querétaro y ocupó San Jerónimo Aculco. Los ejércitos realistas de Felix María Calleja y del conde de la Cadena, Manuel Flon, ya se encontraban por esos rumbos desde el 1º de noviembre de 1810.

Días antes las fuerzas virreinales habían recuperado el pueblo de Dolores y queriendo dar un golpe de autoridad ordenaron saquear y quemar todas las pertenencias encontradas en la casa del cura Hidalgo. Al mismo tiempo tomaron severas represalias con los conocidos y simpatizantes del jefe insurrecto.

Por su parte, el jefe rebelde José de Iriarte, se apoderaba el 2 de noviembre de la ciudad de Aguascalientes.

Se encuentran los dos ejércitos.-

Hacia el 6 de noviembre de 1810, los dos ejércitos se encontraron de manera un tanto sorpresiva: ninguno sabía de la gran cercanía existente entre las dos fuerzas. Los ejércitos realistas habían tomado posiciones en Arroyo Zarco mientras que los insurgentes ocupaban el paraje de San Jerónimo Aculco (perteneciente a la intendencia de México y actualmente parte del estado de México).

Mariano Abasolo en la batalla de San Jerónimo Aculco

Es en Arroyo Zarco donde el jefe realista Felix María Calleja se entera de que en Aculco se encontraban las desordenadas e indisciplinadas fuerzas de Hidalgo y Allende. Los insurrectos ya habían dejado de ser la atemorizante y desordenada muchedumbre de casi 80,000 efectivos que enfrentó Torcuato Trujillo en el Monte de las Cruces. Tras la extraña retirada de la capital, ahora era un ejército desmoralizado y casi reducido a la mitad: sólo 40,000 efectivos acompañaban al cura de Dolores.

En la mañana del 7 de noviembre el ejército rebelde, colocado en una pequeña colina, inicia el enfrentamiento con disparos de cañon mal apuntados. En primera instancia, se podría decir que el ejército realista, dado su número de combatientes (2,000 infantes, 7,000 de caballería y 12 cañones) era inferior al de los insurgentes, pero la calidad, disciplina y profesionalismo de un verdadero ejército como el de Calleja convertía esta realidad en algo casi irrelevante.

La derrota de los insurgentes.-

En pocos minutos, los certeros disparos de artillería y las efectivas maniobras estratégicas de los realistas, que con su caballería rodearon la colina ocupando la retaguardia de los rebeldes, lograron poner en desbandada a la inexperta muchedumbre que integraba el ejército insurgente. Hidalgo consternado observa que en un santiamén, sus sueños de grandeza quedan hechos pedazos. El principio del fin se hacía presente.

El detallado informe que Calleja envío al virrey poco después del enfrentamiento demuestra de forma contundente la devastadora derrota sufrida por los insurgentes. Cañones, balas, reses, caballos, carneros, víveres, fusiles, dinero, etc., habían quedado en poder de los realistas. Además, a los 600 hombres que habían quedado prisioneros se les aplicó el obscuro procedimiento de “quintarlos”: ¡grupos de 5 hombres lanzaban unos dados y el que sacara el menor número era inmediatamente fusilado! Los sobrantes quedaban encadenados y condenados a 10 de prisión.

Ignacio Aldama
Ignacio Aldama y la batalla de San Jerónimo Aculco.

Las diferencias se hacen presentes.-

El desastre de Aculco hizo que las grandes diferencias entre Hidalgo y Allende se acrecentaran violentamente. El profundo desacuerdo entre los jefes provocó la división de las fuerzas rebeldes en dos grupos. Hidalgo iría a Valladolid y Allende, junto con los hermanos Ignacio y Juan Aldama, Jiménez y Abasolo, regresaría a Guanajuato.

 

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